IV Domingo Tiempo Ordinario. La Candelaria
Permitimos que el amor de los otros se meta en el alma. Y ese amor nos habla de un amor más grande, más pleno, más lleno de luz. Ese amor nos lleva a Dios.
Permitimos que el amor de los otros se meta en el alma. Y ese amor nos habla de un amor más grande, más pleno, más lleno de luz. Ese amor nos lleva a Dios.
Nuestra vida consiste en vincularnos y echar raíces. Queremos que el alma descanse libremente en los vínculos que ha creado, en esos apegos que nos dan serenidad y paz.
Podemos mejorar, descubrir nuevos caminos, arriesgar sabiendo que podemos perder, luchar y esforzarnos porque la vida exige entrega. Cuando nada damos, cuando no sembramos, nada nos llegará de lo alto.
Cuando experimentamos el amor nos hacemos más capaces para la misión. Cuando tenemos la certeza del amor en nuestra vida soñamos alto y aspiramos a las cumbres.
La puerta de la felicidad se abre hacia fuera, no hacia dentro. El día de hoy tiene algo de alegrar a otros. De ilusionarnos. De misterio, cuando no lo controlamos todo.De asombro.
La Navidad debería ser más silencio, más contemplación. Ante el niño que nos sonríe sólo nos queda mirar. Buscar la paz de ese Dios que habita en mi silencio.
Es el deseo del corazón. Que Dios nos tenga en la palma de su mano. Nos hable, nos escucha, nos abrace. Es el deseo para comenzar a caminar seguros en este año en blanco que se nos presenta como un regalo
Por eso la Navidad un tiempo para aprender a querer sin rencores, a abrazar sin sentimientos de rechazo. Es un tiempo de perdonar y ser perdonados.
Viene su luz, su paz. Confiamos como niños. Es posible que todo cambie, creemos. Y el corazón se alegra. Es Navidad. Es la noche santa. Es el día lleno de luz. Dios hecho carne.
La Iglesia nos invita a mirar a José. Lo único que le pide Dios a José esa noche es que tome a María y que no la deje. No le explica cómo va a ser toda su vida de golpe, simplemente le pide que dé un primer paso, sólo uno. Luego vendrían muchos más. Le […]
