VII Domingo Tiempo Ordinario
La plenitud de la ley no consiste en dar sólo lo que corresponde, lo mínimo, sino en dar lo máximo. Un alma grande que no se conforma, que es capaz de todo, que sueña con lo imposible.
La plenitud de la ley no consiste en dar sólo lo que corresponde, lo mínimo, sino en dar lo máximo. Un alma grande que no se conforma, que es capaz de todo, que sueña con lo imposible.
Dios se alegra con nuestra lucha diaria, con nuestros esfuerzos por trepar alturas. Y disfruta cuando hacemos con placer lo que nos agrada, y vivimos la vida con una sonrisa y amamos.
La felicidad consiste en saborear la paz que da saber que recorremos el camino que Dios quiere. Siguiendo sus pasos, haciendo nuestros sus sentimientos, amando como Él lo hizo.
Permitimos que el amor de los otros se meta en el alma. Y ese amor nos habla de un amor más grande, más pleno, más lleno de luz. Ese amor nos lleva a Dios.
Nuestra vida consiste en vincularnos y echar raíces. Queremos que el alma descanse libremente en los vínculos que ha creado, en esos apegos que nos dan serenidad y paz.
Podemos mejorar, descubrir nuevos caminos, arriesgar sabiendo que podemos perder, luchar y esforzarnos porque la vida exige entrega. Cuando nada damos, cuando no sembramos, nada nos llegará de lo alto.
Cuando experimentamos el amor nos hacemos más capaces para la misión. Cuando tenemos la certeza del amor en nuestra vida soñamos alto y aspiramos a las cumbres.
La puerta de la felicidad se abre hacia fuera, no hacia dentro. El día de hoy tiene algo de alegrar a otros. De ilusionarnos. De misterio, cuando no lo controlamos todo.De asombro.
La Navidad debería ser más silencio, más contemplación. Ante el niño que nos sonríe sólo nos queda mirar. Buscar la paz de ese Dios que habita en mi silencio.
Es el deseo del corazón. Que Dios nos tenga en la palma de su mano. Nos hable, nos escucha, nos abrace. Es el deseo para comenzar a caminar seguros en este año en blanco que se nos presenta como un regalo
