XIV Domingo Tiempo Ordinario
Jesús me invita a tener un alma grande. Su gracia me basta. Él construye sobre mi vida con sus carencias y riquezas. Dios llena la grieta de mi alma con la fuerza de su amor.
Jesús me invita a tener un alma grande. Su gracia me basta. Él construye sobre mi vida con sus carencias y riquezas. Dios llena la grieta de mi alma con la fuerza de su amor.
Me gustaría tener tanta fe. Me gustaría ser capaz de vencer los miedos y tocar el manto de Jesús. El de aquellos que llevan a Jesús en su alma. Tocar la vida que se me da. Pedir ayuda.
Quisiera aprender yo a descansar en las manos de Dios. Sin miedo. Sin querer controlarlo todo. En sus atrios. Como un niño. Con paz. Un gorrión en la casa de Dios.
Él tiene mi vida en sus manos. No quiero apoderarme de mi presente. No quiero sentirme dueño de mi suerte. Quiero vivir con la paz del que sabe que su vida descansa en Dios.
El amor que Dios nos tiene es un amor a prueba de desprecios. No es un amor sólo presente cuando actúo bien, cuando obedezco sus mandatos. El amor incondicional de Dios me salva.
María nos enseña a ser niños, para que quepamos en el corazón de Dios Trino. Aprendemos a mirar la vida con sus ojos. A alegrarnos de nuestra pequeñez. Dios se fija en los pequeños.
Juntos podemos lograr el milagro. No estamos solos. En medio de la noche caminamos con otros, rezamos en otros, nos sostienen y sostenemos. Y entonces el espíritu rompe las puertas.
¡Qué importante vencer la tristeza con sonrisas! Vencerla con la alegría que sólo nos da Dios. Que no nos quiten nunca las ganas de luchar y de aspirar a las cumbres más altas.
El amor determina nuestra felicidad. Amar y ser amados. Parece tan sencillo. Pero luego la vida y el pecado lo entorpecen todo tantas veces.
Si logro descansar en Dios escucho el nombre que pronuncia a mi oído. Mi nombre, mi verdad, la palabra de mi vida. Soy suyo. Soy su sarmiento. Sólo en Él mi vida tiene sentido.
