XXIV Domingo Tiempo Ordinario
Nuestro sí a Dios es el sí a nuestros miedos. El sí a lo que nos quita la paz. Es desear lo que tememos. Y no temer perder lo que deseamos. Es vivir anclados en el corazón firme de Cristo.
Nuestro sí a Dios es el sí a nuestros miedos. El sí a lo que nos quita la paz. Es desear lo que tememos. Y no temer perder lo que deseamos. Es vivir anclados en el corazón firme de Cristo.
Es necesario aprender a acercarnos a las personas sin prejuicios. Escuchar lo que hay en su alma. Asombrarnos con sus misterios. Caminar a su lado. Alegrarnos con la belleza de su vida.
Cuanto más amo, más quiero. Cuanto más deseo, más espero, más sueño. La necesidad me pone en camino. No quiero vivir no necesitando nada. Quiero vivir necesitando el cielo.
Me gustan los niños con mirada sencilla. Me gusta el niño que llevo dentro. El niño que se esconde y sale a veces, cuando se siente en casa. Jesús fue niño, amó a los niños, rió como niño.
Tengo que escribir mis fuentes de mi alegría en un lugar visible, para no olvidarlas. ¿Cuál es mi propia lista? Si las olvido pierdo lo más importante, pierdo el sentido de mi vida.
Jesús no formó un ejército en orden de batalla. Eligió hombres y los mandó a la misión. Todos originales. Todos diferentes. Escuchó lo que había en su alma, respetó sus sentimientos.
Jesús me invita a tener un alma grande. Su gracia me basta. Él construye sobre mi vida con sus carencias y riquezas. Dios llena la grieta de mi alma con la fuerza de su amor.
Me gustaría tener tanta fe. Me gustaría ser capaz de vencer los miedos y tocar el manto de Jesús. El de aquellos que llevan a Jesús en su alma. Tocar la vida que se me da. Pedir ayuda.
Quisiera aprender yo a descansar en las manos de Dios. Sin miedo. Sin querer controlarlo todo. En sus atrios. Como un niño. Con paz. Un gorrión en la casa de Dios.
Él tiene mi vida en sus manos. No quiero apoderarme de mi presente. No quiero sentirme dueño de mi suerte. Quiero vivir con la paz del que sabe que su vida descansa en Dios.
