XXX Domingo tiempo ordinario
Un amor que no quiere poseer sino liberar. Un amor que no ama por obligación, sino con libertad. Porque no puedo amar por necesidad. No quiero amores que me quiten la paz y la libertad.
Un amor que no quiere poseer sino liberar. Un amor que no ama por obligación, sino con libertad. Porque no puedo amar por necesidad. No quiero amores que me quiten la paz y la libertad.
Le pido a Dios que limpie mi mirada para mirar sin sospecha, con limpieza, sin doblez. Quiero ver la belleza. Descubrir lo que hay de verdad que complementa lo mío. Quiero vivir en la luz.
Quiero mirar a través de mis odios y rencores para poder ver la bondad escondida en el alma de los hombres. Ver en ellos la imagen de Dios. En al alma de aquel a quien amo aunque me ignore.
No quiero tener miedo a decir lo que pienso y siento. La verdad en la que creo. La fe que mueve mi vida. Si el miedo me atenaza nunca seré enteramente libre, plenamente hombre.
Quiero la paz, pero mi corazón no es pacífico. Reacciono de forma desproporcionada ante la ofensa. Grito casi sin motivo cuando me contradicen.
Quiero besar mi verdad escondida. Mi belleza oculta. Soy un buscador de la verdad. Miro dentro de mí buscando vestigios del cielo. Están allí, seguro, en los pliegues de mi alma.
Me alegra lo que ya poseo. Los pequeños logros. No me comparo con nadie. Si pudiera vivir así sería mucho más feliz. No quiero vivir mirando al otro. No quiero compararme con otros.
Si amo, no debo nada a nadie. Si soy generoso hasta el extremo, dejo de estar en deuda con otros y conmigo mismo. Pero no siempre mis actos son tan generosos.
Por eso me entrego de nuevo a Él, tal como soy. Renovando mi sí a su sueño conmigo. Insatisfecho con lo logrado. Descontento con lo que ahora toco porque la meta todavía brilla ante mi mirada.
Mi vida es el lugar de encuentro con Dios. En lo cotidiano está mi Tabor. Oculto en el monte. Toco el cielo. Y con el cielo grabado en el alma bajo a mi rutina, a mi cruz, a mis vacíos. Y todo se une.
