V Domingo Cuaresma
El amor asemeja. El amor verdadero nunca es egoísta. El egoísmo deforma el amor sano y lo enferma. Del egoísmo surgen los celos y las envidias, y nos volvemos raquíticos.
El amor asemeja. El amor verdadero nunca es egoísta. El egoísmo deforma el amor sano y lo enferma. Del egoísmo surgen los celos y las envidias, y nos volvemos raquíticos.
¿Cómo perdonaba María las ofensas? ¿Cómo perdonó Cristo a los que le mataban y lo miraban al pie de la cruz? El perdón es generoso, libera, engrandece al que lo da y sana al que lo recibe.
Cuando vivimos en la luz, comprendemos lo que tenemos que hacer. Cuando no vemos no podemos poner orden en nuestra vida.
Tenemos sed y queremos que las cosas y los de afuera calmen la sed del alma. No comprendemos que el agua verdadera, la que no se acaba nunca, se encuentra en lo más profundo del corazón.
Es posible convertir la noche en amanecer, porque siempre hay esperanza. La respuesta está en nosotros que podemos ver la vida de forma muy diferente.
En el desierto se encuentra Dios con el hombre. Allí se adentra el hombre que no encuentra a Dios. Allí nos lleva Dios para enamorarnos, para rescatarnos, para mostrarnos su rostro.
Queremos aprender a descansar en Dios y en los hombres. Buscamos un hogar en el que poder dejar lo que nos inquieta y preocupa, un hogar en el que vivir de verdad.
La plenitud de la ley no consiste en dar sólo lo que corresponde, lo mínimo, sino en dar lo máximo. Un alma grande que no se conforma, que es capaz de todo, que sueña con lo imposible.
