Bautismo del Señor y Epifanía
No quiero callar cuando puedo decir algo bueno. Cuando puedo proteger y alimentar el amor. Guardo las palabras de Dios en mi corazón. Las regalo. Me hago portavoz de las palabras de Dios.
No quiero callar cuando puedo decir algo bueno. Cuando puedo proteger y alimentar el amor. Guardo las palabras de Dios en mi corazón. Las regalo. Me hago portavoz de las palabras de Dios.
Hemos visto su estrella y venimos a adorarlo.
Dios me quiere con locura. Ama mi vida como es. Sin pensar en todo lo que podría llegar a ser. Me abraza como soy ahora y se conmueve. Quiero alegrarme de estar donde estoy, de ser como soy.
Miro la paz de esta noche. Y abro mi alma vacía. La vida se juega en mi sí sencillo delante de un establo. En mi fidelidad ante una vida ordinaria en la que no hay milagros. Y toco su carne débil.
Miro a Dios cuando estoy turbado y alegre. Lo miro en este tiempo de espera del Adviento. Miro a Dios que me mira en mi alma y me conoce, y me comprende. Sabe cómo estoy, cómo me siento.
Vivo ahora en Adviento la posesión de ese niño alegre entre mis brazos. No aguardo el día feliz que puede que no venga. Vivo ya la Navidad en ese camino de María y José sobre su burro.
María educa nuestro corazón para hacerlo a su medida.
Dios me redime, me salva. Y yo me abro a la gratuidad de ese amor que desciende sobre mi vida. Me gustaría vivir siempre así. Agradeciendo. Me gustaría tener más libertad interior.
¿En qué fuentes interiores descansa mi alma? ¿Cuáles son esas fuentes de las que bebo? Voy a acercarme a algunas de ellas. Cada uno podría hacer en este Adviento su lista de fuentes de alegría. Cada uno le puede poner nombres y descubrir el camino original por el que Dios le conduce.
Quiero renovarme por dentro. Volver a comenzar. Alzar de nuevo mi mirada al infinito. Para no quedarme en lo que ahora me inquieta, en lo finito que pesa y me turba.
