III Domingo de Cuaresma
Quiero aceptar la vida como se me presenta. Disfrutar de los detalles y asombrarme ante las sorpresas no esperadas. Quiero asumir las dificultades como una oportunidad para aprender.
Quiero aceptar la vida como se me presenta. Disfrutar de los detalles y asombrarme ante las sorpresas no esperadas. Quiero asumir las dificultades como una oportunidad para aprender.
Cuando miramos los límites del camino con misericordia, todo cambia. Nos aceptamos en nuestra pobreza y eso nos capacita para aceptar a los demás en sus límites. De nuestro sí depende todo.
Es un milagro el perdón. Una gracia que pedimos. Más que sacrificios es más importante perdonar, pedir perdón y ser perdonado. Ese amor que posibilita el perdón, que surge del perdón, es lo central.
Lo que queda después del fuego del amor es la ceniza. Al recibir la ceniza quiero decirle a Jesús que le quiero.
El miedo a la muerte, a no dejar nada cuando nos vayamos, se supera si cada día lo vivimos detenidos en esa hora en la que Jesús viene a mi barca y me pide arriesgar, amar, dejarlo todo.
Ojalá siempre pudiera decir que cambio para mejor. Que soy mejor persona. Que me he escapado de algún cajón en el que me habían encasillado otros o bien yo mismo por miedo a vivir.
Mi vida cobra sentido cuando le digo un sí alegre a mi vida como es hoy. Con sus renuncias y sus elecciones. Con sus límites y su horizonte. Sí a mis dificultades y sí a mis alegrías.
Hoy entregamos nuestros síes.
Sé que lo que yo aporto nadie más lo aporta. Porque creo en el don que Dios siembra en mi alma. Sé que mi originalidad produce obras originales. Pero es Dios el que actúa en mí.
Quiero aprender a vivir descifrando signos. Buscando luz en las estrellas del cielo. Dios se esconde en los pequeños signos que la vida oculta. Su presencia silenciosa nos abraza y guía.
