IV Domingo de Adviento
Miro a Dios cuando estoy turbado y alegre. Lo miro en este tiempo de espera del Adviento. Miro a Dios que me mira en mi alma y me conoce, y me comprende. Sabe cómo estoy, cómo me siento.
Miro a Dios cuando estoy turbado y alegre. Lo miro en este tiempo de espera del Adviento. Miro a Dios que me mira en mi alma y me conoce, y me comprende. Sabe cómo estoy, cómo me siento.
Vivo ahora en Adviento la posesión de ese niño alegre entre mis brazos. No aguardo el día feliz que puede que no venga. Vivo ya la Navidad en ese camino de María y José sobre su burro.
María educa nuestro corazón para hacerlo a su medida.
Dios me redime, me salva. Y yo me abro a la gratuidad de ese amor que desciende sobre mi vida. Me gustaría vivir siempre así. Agradeciendo. Me gustaría tener más libertad interior.
Quiero renovarme por dentro. Volver a comenzar. Alzar de nuevo mi mirada al infinito. Para no quedarme en lo que ahora me inquieta, en lo finito que pesa y me turba.
¿Por qué me cuesta tanto dejar el timón de mi vida en las manos de Dios? Ese gesto de entregar el poder, de pedirle a Dios y a María que sean reyes de mi vida, es el camino de la verdadera santidad.
Contemplar la vida significa tomarla como es sin querer cambiarla. Sacar su belleza admirando lo que Dios me regala. Estar abierto a lo que recibo, aunque piense que yo lo haría de forma diferente.
Guarda en tu corazón como se guardó a María en la muralla durante tantos años. Guarda y haz memoria. Eso te hace hondo. ¿Cómo es mi hondura de alma? ¿Qué es lo que guardo? Guardar un tesoro y después compartirlo. Que se abra el muro.
Para Jesús todos están vivos. Junto a Dios no hay muertos, sólo hijos, sólo hijos amados. Jesús nos desvela algo del cielo. Él lo conoce. Junto a Dios todos tenemos vida.
¿A qué viniste? ¿Para que sigues a Jesús? ¿Cuál es el santo que Dios quiere labrar en mí? ¿Cuál es mi forma original de santidad?
