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La vida es una serie de caricias suaves y profundas. Dios nos acaricia en sus silencios y nos sostiene sin que notemos su mano en la espalda. Quiere abrazarnos y hacernos sentir los hijos predilectos. No somos verdaderamente santos por hacer las cosas bien, por cumplir, por responder a las expectativas de un Dios juez que está esperando nuestro fallo. No queremos vivir en la casa del Padre resignados, molestos. La santidad no consiste en servir con generosidad pero sin sonrisas, en dar la vida con quejas, en hacer muchas cosas para Dios pero no descansar nunca en su regazo, en cumplir todas las exigencias, pero sin una gota de alegría. Aspiramos a vivir en la casa del Padre con un corazón alegre y agradecido.