II Domingo de Pascua-Domingo de la misericordia
Me conmueve su amor que me busca, que baja de la cruz para acercarse. Ese amor que no se olvida de mi dolor. Que sufre y ríe conmigo. Ese amor que es su abrazo que me espera.
Me conmueve su amor que me busca, que baja de la cruz para acercarse. Ese amor que no se olvida de mi dolor. Que sufre y ríe conmigo. Ese amor que es su abrazo que me espera.
Nos resistimos a esa muerte que abre la puerta verdadera. La que nos muestra un horizonte en el que somos lo que estamos llamados a ser. ¿A qué queremos morir para que brote la vida?
Jesús es traspasado con la lanzada. Se rompe por amor.
Jesús entrega su vida. Nos amó hasta el extremo.
Comienza el triduo Pascual. Los días santos de la mano de Jesús. Jueves Santo, viernes santo, sábado santo. Queremos caminar con Él, seguir sus huellas, dejarnos tocar por su amor sagrado. Acercarnos a su corazón herido. Unirnos a ese amor que nos hace nacer a una vida verdadera.
Queremos creer en nuestro futuro. Confiar en nuestras fuerzas. Perdonarnos y volver a comenzar. Creer en la belleza de nuestra vida. Vivir agradecidos, no exigiendo que nos amen.
Me sostiene Él que me ama con locura. Me alienta Él que conoce mis sufrimientos. Él mismo los ha sufrido. Me levanta cuando caigo y me dice que basta con vivir con Él, a su lado.
El corazón está lleno de sentimientos, de pasiones, de dolores, de alegrías. Se entusiasma y padece. Vive y muere. ¿Cómo se educa el corazón? ¿Es posible educar tantos sentimientos? ¿Podemos sentir lo que Jesús sintió?
Es necesario confiar en alguien que le dé sentido a toda la vida. No queremos vivir esperando a que cambien las circunstancias para ser felices. La cruz y el dolor forman parte de nuestro camino.
