IV Domingo de Adviento
No soy más torpe cuando tropiezo, que cuando alcanzo la meta. Ni más sabio cuando más títulos tengo. Lo que importa es la verdad que traslucen mi mirada, mis gestos y mis palabras.
No soy más torpe cuando tropiezo, que cuando alcanzo la meta. Ni más sabio cuando más títulos tengo. Lo que importa es la verdad que traslucen mi mirada, mis gestos y mis palabras.
Dios me pide que coloque mi felicidad en el lugar correcto. Sabe que mi felicidad se construye sobre la confianza en Él, sobre el abandono en sus manos.
El corazón de María es la primera puerta que se abre en este año de la misericordia.
El corazón misericordioso sufre con el que sufre, llora con el que llora. Grita con la voz del que grita. Se abaja, como Jesús en Belén. No mira desde lejos. Entra en la vida del hombre.
Me gustaría que pensáramos un momento cómo vemos el corazón de Dios. ¿Qué tres palabras definen ese corazón?
¿No tengo acaso necesidad de permanecer dentro, escondido, guardado, perdido en mí mismo, descansado, oculto, como Jesús que nace en una cueva?
El amor es más fuerte que el odio. En nombre de Cristo construimos su reino. En su nombre, con sus manos. En nombre de Cristo, que reina, sembramos la paz, luchamos por la verdad.
¿Cómo podremos mantenernos firmes en un mar sin orillas? Sólo si Él navega conmigo. Sólo así es posible soñar con el cielo. Vivir la vida soñando lo que mis ojos intuyen.
Si no hay amor es muy posible que todo se quede en buenas intenciones. Las grandes ideas, si no está el corazón comprometido, permanecen en los libros, quietas, como muertas.
Hoy hacen falta héroes enamorados de la vida, de Dios, del hombre. Hombres santos con un corazón grande. Hombres heroicos llenos de amor y de vida. Es lo que el mundo necesita.
